José Carlos Selva y Mónica Vallejo, protagonistas de la pintada en la chimenea de La Misericordia, siguen juntos y recuerdan la noche de 1993 en que él escaló para pedirle perdón.
José Carlos Selva y Mónica Vallejo tenían 17 y 16 años cuando una pelea de adolescentes les separó un viernes por la tarde. Él, que practicaba escalada, decidió pedirle perdón de la forma más arriesgada: subir los 106 metros de la chimenea de la antigua fábrica de plomo de Los Guindos, en la playa de La Misericordia, y pintar el nombre de ella en lo alto. La historia, que Diario Sur ha reconstruido con los protagonistas 33 años después, sigue viva en el recuerdo de Málaga.
La noche del sábado de 1993, José Carlos y su amigo Roberto subieron peldaño a peldaño hasta la cima. Desde las diez de la noche hasta las dos de la madrugada, dio brochazos a oscuras. Había calculado mal la pintura y cambió el inicial 'Mónica Te Quiero' por un escueto 'Mónica'. «Si te ponías allí al borde, notabas como el aire movía la chimenea», recuerda él.
A la mañana siguiente, fue a buscar a Mónica en su Vespino. «Móntate, que te voy a enseñar una cosa», le dijo. Ella vio el nombre desde lejos: «¡No me podía creer lo que había hecho!», cuenta. Aunque al principio se hizo la dura, hicieron las paces al momento. Por la tarde, Mónica llevó a sus amigas a la playa para presumir.
«Si tuviera permiso del Ayuntamiento volvería a pintarla, claro, pero hoy en día esto es patrimonio de la ciudad»
La pintada se mantuvo en secreto familiar durante un año. La madre de José Carlos se enteró en un día de playa, cuando unos vecinos se la señalaron. «Cuando mi marido le confirmó que había sido él, a mi suegra casi le da algo: '¡¿Pero tú estás loco para subirte ahí?!», rememora Mónica. Con el tiempo, la hazaña generó leyendas urbanas que ella encontraba en foros: «Decían que si el de la pintada era un drogadicto, que si se había matado, que si se había suicidado...».
La pareja se trasladó a Tenerife con 18 años, donde sigue residiendo con sus cuatro hijos. Vuelven a Málaga siempre que pueden y la visita a la torre es obligada. La chimenea, rebajada a 96 metros por riesgo de derrumbe, ya no luce el nombre, pero el vínculo con la ciudad permanece.

