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La Malagueña: 1.300 churros diarios y colas que empiezan a las 8

La churrería La Malagueña, en el centro de Málaga, sirve más de 1.300 churros diarios en invierno. Su gerente, Antonio Llorente, lleva 13 años al frente del negocio.

Álvaro Gómez Payo
Álvaro Gómez Payo
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Antonio Llorente, gerente de La Malagueña, lleva 13 años al frente de la churrería del centro de Málaga, donde en invierno se superan los mil churros diarios y las colas arrancan a las ocho de la mañana.

Antonio Llorente no está hecho para ver pasar la vida detrás de una barra. Al filo de los 60, este malagueño lleva más de 13 años al frente de la churrería La Malagueña, un local del centro de Málaga donde las colas comienzan a las ocho de la mañana y se alargan hasta casi el mediodía.

Con su camisa negra, que lo distingue del resto de camareros, Antonio se mueve entre las mesas con bandejas repletas de tejeringos, pitufos o sombras doble, los nombres con los que aquí se conocen los churros, los bocadillos y los cafés con leche. «Intento estar muy encima del negocio, a veces un poco de más. Soy un tío muy activo», confiesa.

La cifra de ventas varía según la temporada. En verano baja algo, pero en invierno alcanzan los mil y pico diarios, y en Navidad «es una locura»: hay días que han servido más de 1.300. Aun así, Antonio asegura que él apenas los prueba: «Solo a veces, para ver si está todo en orden en la masa», bromea.

«¿Yo churros? No, que luego me tengo que matar en el gimnasio»

El secreto de la fórmula, según explica, no tiene truco: harina, agua, sal y levadura, con el aceite muy caliente y amasado a mano. «Todo manual y artesano», subraya. Pero lo que de verdad marca la diferencia es la rapidez en el servicio, algo que considera clave para evitar que las colas se descontrolen.

El salto a los churros fue casi una decisión de última hora. Antonio dedicó 27 años al mundo del vino, hasta que se cansó de los viajes constantes. Su plan inicial era abrir una sala de cata con cortes de jamón, pero en cinco minutos cambió de idea y pidió dos churreras. «Me puse a llamar corriendo a la empresa que me traía los electrodomésticos y le dije: “El tapero frío se queda parado, me vas a traer dos churreras”», recuerda.

Sin experiencia previa en el sector, contó con la ayuda de un experto que trabajó con él un año y medio. Después, su hijo tomó el relevo en la cocina, donde ahora se encarga de mantener la identidad de la masa. «Cada uno le da su propia identidad, y mi hijo lo ha hecho muy bien», destaca.

Detrás de la barra hay diez trabajadores, la mayoría con años de antigüedad. Antonio reconoce que la responsabilidad le pesa: «Cuando llega final de mes se me hace un nudo en el estómago, porque hasta que no han cobrado todos, yo estoy sin dormir». Los impuestos también le agobian, pero asegura que el negocio va bien.

Para Antonio, el chocolate con churros es a la vez tradición y moda. Él guarda un recuerdo especial de su infancia, cuando su madre lo llevaba con sus hermanos a comer tejeringos que «antiguamente ponían en un junco». Ahora, cuando sale del local, se va al gimnasio una hora y media: «Paliza de funcional, a tope».

Álvaro Gómez Payo

Escrito por

Álvaro Gómez Payo

Redactor

Ciencias Políticas por la Universidad de Málaga y asiduo de los plenos más largos. Malagueño de pura cepa, cafetero y con paciencia infinita para la burocracia; lleva años contando la política y la sociedad de la provincia.