Málaga se ha llenado de museos con un entusiasmo conmovedor. Hay museo de arte, de más arte, de arte contemporáneo, de arte que aún no sabemos que es arte y, sospecho, algún museo dedicado a inaugurar museos. La ciudad culta por excelencia. Una maravilla. Un orgullo.
El único museo que falta es el MúSEO DEL APARCAMIENTO, esa institución que exhibiría, tras un cristal, aquella cosa mítica y perdida: una plaza libre en el centro un sábado por la tarde. Los visitantes harían cola para contemplarla, emocionados, y los abuelos dirían a sus nietos: «yo llegué a aparcar así, hijo mío, con estas manos».
Porque encontrar sitio en Málaga se ha convertido en una peregrinación. Das vueltas a la manzana como planeta en órbita, calculando probabilidades, persiguiendo a cualquier peatón con llaves en la mano como un depredador famélico, solo para descubrir que iba a la farmacia y vuelve a su casa andando.
Y cuando por fin hallas un hueco, es de esos en pendiente, con la línea medio borrada, donde no sabes si estás aparcando o cometiendo una infracción interpretativa. Pero da igual. Lo dejas ahí, cierras el coche, respiras hondo y te vas a ver un museo. Uno cualquiera. Total, para eso sí que hay sitio.
