Hubo un tiempo en que sentarse en una terraza a tomar café era un gesto cotidiano, casi un derecho natural del malagueño. Uno se sentaba, pedía un café con leche y le sobraba para el periódico y la propina. Aquel tiempo, amigos, ha pasado a mejor vida.
Hoy pides un café en una terraza del centro y el camarero, al traerte la cuenta, adopta un tono grave, como el médico que da una noticia delicada. Cuatro euros con cincuenta. Por un café. Que si te sientas dentro son dos, pero claro, dentro no da el solecito, y el solecito, como todo el mundo sabe, cotiza en bolsa.
Porque eso es lo que pagas: la vista, el sol, el privilegio de ver pasar a la gente mientras tu cartera adelgaza. Es el impuesto de la felicidad al aire libre. Y lo pagas, claro que lo pagas, porque el ser humano es un animal de costumbres y el malagueño, un animal de terraza.
Así que ahí seguimos, sorbiendo despacio un café que ahora tratamos con el respeto que merece un producto de lujo, alargándolo una hora para amortizar la inversión. Ya no es un café: es una experiencia, una pequeña ceremonia económica. Y cuando el camarero pregunta si queremos otro, sonreímos y decimos que no, que con uno ha sido suficiente. Por hoy y por este trimestre.
