Llega diciembre a Málaga y el termómetro, con su descaro habitual, marca dieciocho grados. En cualquier lugar civilizado del norte eso sería primavera. Aquí es una ola de frío siberiana que justifica sacar el plumífero, la bufanda y esa actitud de superviviente ártico que tanto nos gusta.
El espectáculo en la calle es digno de estudio antropológico. Por la misma acera caminan, en direcciones opuestas, dos civilizaciones. El malagueño va enfundado como si fuera a escalar un ochomil: gorro, guantes, tres capas y cara de estar sufriendo. A su lado, un turista del centro de Europa pasea en bermudas y camiseta de tirantes, radiante, buscando una terraza al sol para tomar el aperitivo.
Se cruzan. Se miran. Ninguno entiende al otro. El guiri piensa que estamos locos. Nosotros pensamos que el loco es él, que va a pillar una pulmonía, criatura. Y ambos, en el fondo, tenemos razón, porque el frío, como casi todo en esta vida, es una cuestión de expectativas.
Así que no, no me pidan que renuncie a mi bufanda en diciembre solo porque haga un sol espléndido. Uno tiene su dignidad y su termostato interior, calibrado para el verano eterno. Que el nórdico disfrute su manga corta. Yo me abrigo, me quejo del frío a dieciocho grados y me quedo tan a gusto. Es mi derecho como malagueño.
