El jueves volvió a llenar el Centro y el Real Cortijo de Torres, con miles de personas disfrutando de la recta final de la feria. Los visitantes de otras provincias copan las calles, mientras los feriantes resisten el último empujón.
La feria de Málaga encara su recta final y este jueves el ambiente volvió a ser de auténtica fiesta. La plaza de la Constitución recuperó la animación que se echó en falta el miércoles, cuando el Centro parecía un día normal de agosto. El ir y venir por la calle Larios fue constante, con turistas sorprendidos por las exhibiciones de verdiales y una primera tanda de visitantes llegados para disfrutar de los últimos días.
El malagueño escasea cada vez más en el Centro, donde ahora predominan los feriantes de otras ciudades españolas. Sandra, una joven de Huétor-Tájar (Granada), llegó por la mañana con un grupo de amigas: «Todos los años venimos a Málaga para la feria», explicó a SUR. Eso sí, no dudó en transmitir las dificultades para encontrar alojamiento asequible: «Cada vez nos cuesta más. Lo que piden por una noche en cualquier sitio es una locura».
La caseta de San Miguel presentó un buen aspecto, aunque con huecos y espacio de sobra, algo impensable en los días de máxima afluencia. «Viva la feria de Málaga», gritó un joven que se identificó como Vicente Llamas al ser preguntado por la importancia de la semana grande. «Esto no lo hay en ninguna otra ciudad», añadió antes de subirse a uno de los taburetes de la plaza y bailar con el campo despejado.
La Encarni Navarro volvió a ser la animadora de la plaza. Subió al escenario a bailar a un matrimonio formado por dos hombres, un ciudadano francés y un catalán, que aseguraban venir todos los años a la feria de Málaga. Mientras tanto, en el Real Cortijo de Torres la estampa era de miles de personas andando con júbilo, algunas temerariamente cerca de los coches de caballo.
En el Rincón Cubano el ambiente fue revolucionario. David Arrabalí, tras la barra, confirmó que el mojito sigue siendo el producto estrella: «Vendemos unos mil al día y 3.000 los días fuertes». «Este es el único sitio donde puedes ver a diputados y concejales, concejalas de camareros y sudando la gota gorda», aseguró.
La feria también vive su particular transición: los carros de caballos se retiran, la música muta de los ritmos folclóricos al pop y las familias con niños dejan paso a cuadrillas de jóvenes que quedan bajo la imponente estructura iluminada de la entrada. Cuando cae la noche, el encendido de las miles de bombillas transforma la explanada en una ciudad deslumbrante.
Los datos del Real Cortijo de Torres son impresionantes: 20.000 metros cuadrados de toldos, el equivalente a cuatro campos de fútbol; 24 millones de vatios de potencia, suficiente para abastecer a un pueblo como Algarrobo; 700.000 euros de inversión en renovar las celdas de los centros de transformación; y nueve kilómetros de guirnaldas, 500 arcos lumínicos y más de 35.000 farolillos.
Aunque la feria por momentos se haga cuesta arriba, es impagable ver la felicidad en los rostros de quienes la secundan. «En Málaga ya se sabe que el verano acaba cuando acaba la feria», recordaba un feriante instalado en lo alto de los taburetes. Para los que aún no han ido, el Real seguirá abierto hasta el domingo, con las casetas y atracciones funcionando a pleno rendimiento.


