Buscar piso en Málaga se ha convertido en una disciplina extrema, de esas que deberían tener federación propia y campeonato anual. Requiere reflejos, resistencia psicológica y la capacidad de fingir entusiasmo ante un trastero con ventana al que llaman, sin ruborizarse, «estudio con encanto».
El anuncio aparece a las nueve de la mañana. A las nueve y dos minutos escribes. A las nueve y tres ya hay lista de espera de cuarenta personas y el casero te pide una carta de motivación, tres nóminas y, prácticamente, una recomendación de tu abuela. Todo por sesenta metros cuadrados con vistas a un patio de luces y un precio que antes servía para comprar el edificio entero.
Vas a la visita y allí están los otros treinta y nueve, mirándose de reojo, todos sonriendo con esa sonrisa de «pórtate bien, que yo llegué antes». El propietario enseña la cocina como quien revela un secreto de Estado y tú asientes, maravillado, ante una vitrocerámica de dos fuegos, uno de los cuales funciona.
Y aun así lo quieres. Claro que lo quieres. Porque después de tres meses de búsqueda, uno ya no aspira a un hogar, aspira a un techo, a una dirección postal, a poder decir «vivo en Málaga» sin añadir «de momento, en el sofá de un amigo». Suerte, cazadores. La verán poco, pero ahí fuera hay pisos. Dicen.
