El Real del Cortijo de Torres vuelve a reunir a familias que repiten costumbres aprendidas de sus mayores. De los cacharritos a los trajes de gitana, la Feria se transmite de generación en generación.
Ángel tiene 55 años y no recuerda cuándo pisó por primera vez el Real de la Feria de Málaga. Sus padres lo llevaban de pequeño y desde entonces apenas ha faltado un año. Ahora son los más jóvenes de su familia los que se suben a los cacharritos y pasan por las casetas, repitiendo sin saberlo los mismos rituales de quienes estuvieron antes.
Entre el albero, los trajes de gitana, los caballos y las casetas del Cortijo de Torres, la tradición no solo se conserva, también se transmite. Para familias como la de Carmen, Rocío y María, que resumen el sentir de muchas, “es la tradición de padres a hijos. Y ahora nosotros a nuestros hijos”. Una herencia que cada agosto vuelve a pasar de una generación a la siguiente para mantener viva “la Feria de siempre”, la que identifican con la familia, las casetas y una manera compartida de disfrutarla.
Cada generación vive la tradición a su manera
Vestirse para acudir al Real al mediodía es otra de las costumbres que se mantiene. Marina, Esther, Miguel Ángel y Alicia señalan precisamente “vestirse a mediodía” cuando se les pregunta qué tradición han querido trasladar a sus hijos. “Lo que pasa es que está evolucionando, los trajes de gitana están cambiando”, explican. Se sigue vistiendo de flamenca, pero de una manera diferente a la de generaciones anteriores.
En otras familias lo recibido tiene que ver con la música y con una forma muy concreta de reunirse durante la Feria. Alberto y María José recuerdan que esa relación ya existía en casa mucho antes: “A mi padre le gustaba mucho el flamenco y mi suegro tenía una peña de flamenco también”, cuentan. Este último llegó incluso a tener una caseta flamenca en la propia Feria, donde recuerdan la música en directo, los caballistas y, sobre todo, “un ambiente muy familiar”.
También hay recuerdos que permanecen asociados a una imagen muy concreta. Juan, que disfruta de la jornada junto a Fran, Natalia y su hija, tiene claro uno de ellos: “Yo sí me acuerdo de venir con mi yegua”. Los caballos formaban parte de aquella Feria y todavía siguen presentes en la de ahora. Entre las costumbres que aseguran haber transmitido a sus hijas enumeran otras mucho más cotidianas: “Vestirse de flamenca, montarnos en los cacharritos, venir a comer a la Feria y pasarlo bien”.
El Real conserva para muchas familias “la feria de siempre”
Para Carmen, Rocío y María, aquello que merece la pena transmitir tiene también un escenario concreto. “La de las casetas, la de la familia, la de disfrutarla, nuestros caballos y vestidos”, enumeran cuando intentan definir qué significa para ellas esa fiesta de los malagueños que quieren conservar.
Alberto y María José también encuentran en el Cortijo de Torres una forma de vivirla diferente a la que encuentran actualmente en el Centro. “Esto es más feria. El concepto de feria es este, no el Centro. El Centro está muy bien, pero es otra cosa”, apuntan. La Feria de Málaga, que se celebra hasta el próximo domingo, sigue siendo para estas familias un espacio de encuentro donde el pasado y el presente se dan la mano cada agosto.

