La iglesia del Santo Cristo del Calvario de Marbella ya ha vuelto a usar el cáliz y el copón de plata sustraídos el 29 de abril. El autor, detenido una semana después, los entregó el 16 de septiembre a la Policía Local.
El cáliz y el copón de plata que desaparecieron de la sacristía de la iglesia del Santo Cristo del Calvario de Marbella el pasado 29 de abril han vuelto a la parroquia. El párroco, Rafael Rodríguez, ha podido usarlos de nuevo en una eucaristía desde el pasado 23 de septiembre, cinco meses después del hurto, según ha confirmado a Diario Sur.
El ladrón entró en la sacristía por la mañana, encontró a mano las llaves de los vasos sagrados, las cogió y salió del templo con las dos piezas escondidas bajo la camisa. Una feligresa lo descubrió, pero el hombre se puso agresivo, llegó a amenazarla de muerte y abandonó el edificio con el botín. La iglesia denunció los hechos ante la Policía y valoró el cáliz y el copón en 1.200 euros cada uno, aunque el párroco cree que «fácilmente tendrán más valor por ser unas piezas históricas y religiosas».
El autor fue detenido apenas una semana después. En su comparecencia en el juzgado confesó el delito y quedó en libertad, pero los objetos no aparecieron. No fue hasta el 16 de septiembre cuando los entregó a la Policía Local, que lo estaba vigilando, y prefirió deshacerse de unas piezas que no había logrado vender. El hombre, que espera la celebración del juicio, tiene una orden de alejamiento respecto al párroco y a la feligresa que lo sorprendió.
«El autor del hurto era una persona con adicciones, que venía de vez en cuando a pedir ayuda a la parroquia», relata Rafael Rodríguez.
El sacerdote asegura que no es un caso aislado. Es la segunda vez en seis años que roban en el templo: el 8 de enero de 2020 se llevaron tres cálices y cuatro jamones donados a Cáritas por una escuela de hostelería. La policía recuperó entonces los objetos en una tienda de compraventa de segunda mano y los jamones en el interior de un vehículo, en una operación que terminó con el autor material y otras dos personas detenidas. «Estamos muy acostumbrados a los robos», admite el párroco, que los describe como «reiterativos», cometidos «por la misma gente», aunque «son robos de poca monta, así que los autores no están en prisión y se acaban repitiendo».
Los intentos suelen producirse en los lampararios, cuando el autor ve una oportunidad. En la iglesia del Calvario, situada a poco más de cien metros de la avenida Ricardo Soriano y que este año cumple medio siglo, el párroco asume el riesgo como parte de su tarea: «Es parte de la vida; es nuestra misión ayudar a la gente».

