El magnate saudí celebró en 1985 su 50 cumpleaños en su finca Al Baraka, con 400 invitados, un león con collar de diamantes y la actuación de Shirley Bassey.
Adnan Khashoggi, el multimillonario saudí que durante años fue uno de los hombres más ricos del mundo, convirtió Benahavís en el epicentro del lujo y la exclusividad durante los años ochenta. Su finca Al Baraka, situada en las colinas de este municipio de la provincia de Málaga, fue escenario de fiestas que aún se recuerdan como las más deslumbrantes de la Costa del Sol. La más célebre, la de su 50 cumpleaños en julio de 1985, reunió a 400 invitados de la alta sociedad internacional, aunque algunas crónicas elevan la cifra hasta 1.500 personas si se cuentan acompañantes, artistas y personal de servicio.
Aquella noche, los Rolls-Royce comenzaron a llegar al caer la tarde, seguidos de una interminable hilera de Mercedes, Ferrari y limusinas que ascendían por la carretera hacia Al Baraka. A la entrada, un pasillo de honor formado por jóvenes uniformados con espadas ceremoniales recibía a los invitados. Dentro, los salones aparecían cubiertos de terciopelos rojos, dorados y miles de flores. Las bandejas de caviar y marisco se sucedían sin descanso, el champán francés corría como el agua y Shirley Bassey afinaba la voz para cantar el 'Happy Birthday' al anfitrión. Entre los asistentes paseaba un cachorro de león con un collar de diamantes.
El reino privado de Al Baraka
Khashoggi adquirió Al Baraka a finales de los años setenta, una finca de cerca de un millar de hectáreas comprada a la familia Roussel, emparentada con los Onassis. Hoy ese terreno alberga la exclusiva urbanización de La Zagaleta, pero entonces era un reino privado concebido para impresionar. La mansión, de inspiración árabe y mediterránea, se levantaba entre jardines, lagos artificiales y bosques. Disponía de helipuerto, caballerizas, coto de caza, grandes salones para banquetes, suites para invitados y una organización casi palaciega. Varios centenares de empleados trabajaban para que todo funcionara con precisión: cocineros, jardineros, chóferes, personal de seguridad, camareros, azafatas y asistentes capaces de atender un banquete para centenares de personas con apenas unas horas de aviso.
La finca nunca dormía durante el verano. Los invitados llegaban en helicóptero o en largas caravanas de coches de lujo y podían permanecer varios días disfrutando de una hospitalidad que pocos habían conocido. La discreción era absoluta. No existían teléfonos móviles ni redes sociales, y aquella ausencia de cámaras convertía las reuniones en un territorio casi mítico. Solo los fotógrafos apostados a la entrada de la finca conseguían, de vez en cuando, inmortalizar la llegada de alguna estrella.
Un desfile de estrellas y aristócratas
Por los jardines de Al Baraka desfilaron algunos de los rostros más conocidos del planeta. Sean Connery era un habitual, favorecido también por su amistad con Alfonso de Hohenlohe y por sus largas estancias en Marbella. Elizabeth Taylor visitó la finca en varias ocasiones, al igual que George Hamilton. Brooke Shields y Farrah Fawcett aportaban el brillo de Hollywood. Ryan O'Neal se sumó a algunas de aquellas veladas, mientras Shirley Bassey ponía música a las grandes celebraciones. La aristocracia europea encontraba en aquellas fiestas un punto de encuentro con el dinero del petróleo: Alfonso de Hohenlohe, Jaime de Mora y Aragón, Gunilla von Bismarck, Pitita Ridruejo, los duques de Kent o Lorenzo Queipo de Llano eran algunos de los nombres que aparecían con frecuencia en las crónicas sociales.
Khashoggi había encontrado el escenario perfecto para exhibir una fortuna que parecía inagotable. Considerado durante años uno de los hombres más ricos del mundo gracias a su papel como intermediario en multimillonarias operaciones internacionales de venta de armas, vivía instalado en un exceso permanente. 'The Economist' calculó que para mantener aquel tren de vida se necesitaba, al menos, un gasto cercano a 200.000 euros diarios. La cifra era asequible para el bolsillo del magnate. Poseía unas veinticinco residencias repartidas por distintos países, tres Boeing 747 privados, una flota de Rolls-Royce, Ferrari y Mercedes, colecciones de joyas, relojes y obras de arte y el Nabila, un yate de 86 metros considerado en su momento el mayor y más sofisticado del mundo. Curiosamente, el navío acabaría años después en manos de Donald Trump.
El legado de una época dorada en la Costa del Sol
Aquella celebración por el cincuenta cumpleaños de Adnan Khashoggi fue mítica y forma parte de la historia del lujo de Marbella. Lo de menos era el número de invitados. Lo importante era quién estaba allí: una constelación de estrellas, jeques, aristócratas, diplomáticos y magnates árabes compartían una noche que resumía como ninguna otra el esplendor de la Marbella de los ochenta. Los que no habían sido invitados se convirtieron en parias de la exclusiva alta sociedad de la Costa del Sol que se presentaba ante todos como la cumbre del éxito social a escala mundial. Para los vecinos de la provincia de Málaga, aquellas fiestas representaban un escaparate de lujo inalcanzable, pero también un orgullo: el mundo miraba a Benahavís como el lugar donde lo imposible se hacía realidad, aunque fuera por una noche.
Hoy, el terreno de Al Baraka alberga La Zagaleta, una de las urbanizaciones más exclusivas de Europa, donde el lujo sigue presente pero sin el boato de aquellas veladas. La figura de Khashoggi, fallecido en 2017, sigue ligada a la historia de la Costa del Sol como el símbolo de una época dorada que difícilmente se repetirá.

